Duna, el vino del desierto, es uno de esos vinos que no se parecen a nada más. Nace en Los Monegros, la comarca aragonesa de paisaje árido, cielos inmensos y luz única que se extiende entre Huesca y Zaragoza, en un lugar donde hacer vino no era la norma sino el sueño de una familia.
Ese sueño es el de Fernando Mir, cuyo bisabuelo, abuelo y padre cultivaron la vid en esta tierra antes de que el Canal de Los Monegros transformara el paisaje agrícola de la comarca. En 2001, José Mir decidió plantar de nuevo una pequeña viña en Lanaja, y en 2012 su hijo Fernando fundó la bodega DCueva con un proyecto que es también una declaración de principios: recuperar la tradición vitícola monegrina, trabajar las viñas como sus antepasados, guiarse por los ciclos de la naturaleza y elaborar cada botella de manera completamente artesanal y manual, incluso el embotellado.
Los viñedos están en el paraje de la Sardiruela, al abrigo de la Sierra de Lanaja, a 450-500 metros de altitud, sobre suelos pedregosos, calizos y yesosos —blanquecinos y propios del desierto— con rendimientos bajísimos de apenas 900 gramos por cepa. Las vides, cultivadas en vaso de secano rabioso, se trabajan sin productos químicos y se vendimian a mano con doble selección, en la viña y en la bodega. La fermentación es natural con levaduras propias, sin tratamiento por frío, con un suave filtrado que respeta la pureza y los aromas del vino.
Duna se elabora con las tres variedades blancas más cultivadas históricamente en Los Monegros: Garnacha Blanca —que aporta la grandeza y el volumen en boca—, Alcañón —variedad autóctona monegrina que aporta la frescura necesaria en esta tierra— y Macabeo, que añade delicadeza y elegancia al conjunto. Tras la fermentación, cría sobre sus propias lías durante varios meses antes de ser embotellado en edición limitada.
A la vista es de color amarillo limón pálido con luminosos matices verdosos, glicérido y brillante. En nariz es aromático y fresco, con notas tropicales, melocotón maduro y cítricos que reflejan con sinceridad el carácter de sus varietales. En boca sorprende por su gran volumen y estructura, impropio de su aspecto, con una frescura vibrante y una persistencia larga que lo convierten, como dice su propio autor, en «un vino blanco para gente de tintos.»
Premio al Mejor Vino Blanco de Los Monegros. Edición limitada.




